Mi abuelita esta enferma.
Su criterio resbala como mantequilla en sartén y no hay como convocarlo a que vuelva,
que la acompañe a terminar el viaje.
Mi abuelita esta enferma.
Se lava las manos tanto que le sangran, no come casi nada y su casa, se inunda de vasos con poca agua, tapados de aluminio; de muebles cubiertos de plástico; de algodones y alcohol.
Veo su infancia en un rancho en Tamaulipas, sus hermanos muertos de cualquier diarrea.
Veo fotos de una joven maestra, un matrimonio y tres hijos.
Marido agrónomo ausente y cumplidor.
Y ahora, veo una mujer que odia a ese marido, se lo escupe al decirle que nunca más va a hacer arroz ni nada por él, nunca.
Secuelas de treinta años de cocina.
Sólo quiere morirse, se rinde a la vida despreciando el pan tostado, una enfermera, una sirvienta…sólo se conformaría con una hija-esclava, que no tiene.
Nada logra menguar su dolor destemplado que repite cuando puede como ella educó sola a sus tres hijos, mientras él sólo trabajaba “muy a gusto”.
Mi abuelito, finge sordera y sobrevive con chocolates de la Waldo’s.
No comparten siquiera los cubiertos.
Ahora deslavada y desértica, mi abuelita es una llanta lisa que hizo de mi infancia un placer con pollitos y crayolas.
Y ahora que es mi turno, se me monta el coraje de verla tan vencida, tan imposible.
Sólo tiene 74 años, pero le son demasiados.
Harta del carnaval en que trae a la familia, diagnostico ansiolíticos sin poderme bajar del burro de la ira.
Esta mañana no, soy incapaz de voltear al espejo, por cobarde y pendeja, hoy, no puedo.